Cuento de la Concertada (completo)

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El fantasma de M

Para empezar, M estaba muerto. De eso no hay duda. El certificado de su entierro estaba firmado por el párroco, por el dueño de la funeraria y por quien presidió el duelo. Javier también lo firmó. El viejo M estaba muerto y bien muerto.

¿Lo sabía Javier? Por supuesto que sí. Javier y él habían sido socios durante no sé cuántos años. Javier fue su único administrador, su único amigo, su único heredero y el único que acudió a su entierro. De modo que no cabe duda de que M estaba muerto. Debéis entender esto con claridad o no veréis nada maravilloso en la historia que os voy a contar.

En los rótulos de su establecimiento, Javier nunca llegó a borrar el nombre del viejo M. Allí permanecía, años después de la muerte de su socio, sobre la puerta de la oficina y en los ventanales: “Javier y M”. Quienes visitaban por primera vez el local llamaban a Javier unas veces Javier, y otras M. Pero él respondía a ambos nombres: eso no afectaba para nada al negocio.

Javier era un auténtico cínico, un calculador que estrujaba y arrebataba a sus paisanos de la Escuela Pública cuanto podía. Era impermeable y duro como una piedra a sus reivindicaciones, pues nadie había logrado jamás conmoverlo ni arrancarle un gesto de generosidad; eso sí, siempre se le veía a gusto con representantes de la CONCAPA y de CECE. Su frialdad interior acartonaba su rostro, congelaba su nariz puntiaguda, secaba sus mejillas, enrojecía sus ojos, amorataba sus labios y helaba su voz chirriante. Siempre llevaba consigo una temperatura glacial, que se apoderaba de su entorno.

El frío y el calor externos apenas influían en Javier. No había bochorno estival que lo templara ni hielo invernal que lo enfriara. No existía viento que fuera más crudo que él, ninguna nevada era más firme que sus propósitos, ninguna tormenta menos sensible a las súplicas. No había mal tiempo que, a su lado, no pudiera considerarse soportable. Porque incluso la lluvia, la nieve y el viento, tras días o meses de acosar y fastidiar a la gente, acababan siempre cediendo, cosa que Javier jamás había hecho.

Pero, ¿qué le importaba todo eso? Se consideraba alguien que se había hecho a sí mismo, un triunfador, un ejemplo de realización personal. Un soñador.

Un día de invierno (el mejor de todos los días: el de Nochebuena) Javier estaba sentado en su escritorio. El tiempo era frío, desapacible; había niebla. De fondo, se oían los pasos presurosos de la gente que circulaba por la calle. Los relojes de la ciudad acababan de dar las tres, pero ya había oscurecido; en realidad, la luz no había asomado en todo el día. La niebla se colaba por los resquicios de puertas y ventanas, así como por los ojos de las cerraduras, y era tan espesa en el exterior que las casas de enfrente parecían meras sombras.

Venían a la cabeza de Javier esas aulas sin calefacción o sin dinero para ponerla a funcionar, el alumnado con guantes, bufanda y chaquetones en clase. Se moría de placer solo de pensarlo.

—¡Viva la Escuela Pública! —gritó de repente una voz alegre.

Era un estudiante, que en ese momento pasaba por su puerta.

—¡Bah! —le contestó Javier desde su balcón—. ¡Paparruchas!

—¿Paparruchas la Escuela Pública? —replicó el estudiante—. No lo dirá en serio, ¿verdad?

—Claro que sí. “¡Viva la Escuela Pública!” —dijo Javier en tono de desprecio—. ¿Qué derecho tienes tú a la Educación? ¿Qué motivos tienes tú para ser alguien? Eres considerablemente pobre.

—Vamos a ver —replicó el estudiante con alegría—, ¿qué derecho tiene usted para estar tan enfurruñado? ¿Qué motivos tiene para estar siempre de tan mal humor? Es usted considerablemente rico.

Javier, que no encontró otra respuesta mejor, repitió:

—¡Bah! —y añadió—: ¡Paparruchas!

—No se haga mala sangre —dijo el estudiante.

—¿Qué otra cosa puedo hacer viviendo en un mundo de idiotas como este? —repuso Javier—. “¡Viva la Escuela Pública!” —remedó—. ¡Al diablo con ella! ¿Qué es sino aquella en la que tienes que pagar más facturas y dispones de menos dinero? Si pudiese, cocería en su propio jugo a cada necio que anda con el “¡Viva la Escuela Pública!” en la boca y lo enterraría con una estaca de acebo clavada en el corazón. ¡Vaya si lo haría!

—¡Cuidado, no se vaya a morder la lengua y se envenene!

—Adiós —respondió Javier secamente. No había terminado de decirlo cuando llamaron por teléfono.

—¡Diga! —bramó con voz de pocos amigos.

—Buenas tardes. ¿Es usted el señor Javier?

—Sí, dígame. Y espero que sea algo muy importante para molestarme un día como este.

—Estoy segura de que usted es una persona empática con el alumnado de necesidades específicas de apoyo educativo.

—Lo ha adivinado: es una de mis señas de identidad —respondió cínicamente.

—¡Qué bien entonces! Le llamo en nombre de la Federación de AMPA de la provincia.

—¡Uf, las familias! ¡Qué pesadilla!—dijo entre dientes.

—Como usted sabe, faltan muchos recursos y personal para atender a estos menores. Llevamos el primer trimestre reclamándolo sin resultado en la Delegación y en Función Pública. Por eso nos dirigimos a usted directamente, para que se garantice su derecho a la educación. Muchas familias no tienen apenas medios y han de acudir a los comedores. Además, la brecha digital es un problema cada vez más grande. Eso por no hablar de quienes no pueden pagar la calefacción para protegerse del duro invierno. Hoy en día, miles carecen de lo imprescindible o no tienen cubiertas las necesidades más elementales.

—¿Acaso no hay cárceles? —repuso Javier.

—Sí, muchas… —dijo la madre.

—Muy bien. ¿Y asilos? ¿No hay asilos?

—Ya lo creo.

—Me alegro. ¿Y qué me dice de los reformatorios para diablillos descarriados? ¿Los han cerrado? —preguntó Javier.

—Aún funcionan, aunque ojalá pudiera decir lo contrario —contestó la señora.

—Bien. Entonces todo está en orden —concluyó Javier.

—Como le decía, se destinan muchos recursos a otras cosas que bien podrían ser para esto que le explico. Es de justicia y es posible. Así que ¿cuánto dinero del presupuesto tendrá esa partida?

—Nada —contestó Javier.

—¿Quiere mantenerlo en secreto?

—Quiero que me dejen en paz —repuso Javier—. Yo no creo en la integración ni en el ascensor social, y no voy a hacer nada por mantener a una panda de holgazanes. De manera que… ¡adiós, señora!

La madre se quedó con la palabra en la boca. Entretanto, la niebla y la oscuridad se habían hecho aún más densas. El viejo campanario de una iglesia cercana se volvió invisible y dio las horas en medio de una profunda neblina. El frío se hizo intenso, agudo, penetrante. De repente, un chico de corta edad se acercó a la puerta de la sede de Javier y M con la intención de cantar un villancico. En cuanto entonó las primeras notas de PERO MIRA CÓMO CRECEN/LOS CENTROS CONCERTADOS./ABREN UNO Y CIERRAN LÍNEAS/DEL PÚBLICO DE AL LADO.//CRECEN Y CRECEN Y VUELVEN A CRECER/LOS CENTROS CONCERTADOS/¿Y LOS PÚBLICOS QUÉ?, Javier se puso en pie y echó mano de un balón de baloncesto y se lo lanzó con tal energía que el pequeño cantor huyó calle abajo, aterrorizado.

Por fin llegó la hora de cerrar la oficina. Javier la abandonó. De allí se fue a un restaurante con una estrella Michelín a cenar. Luego marchó a su casa. Vivía en una mansión que había pertenecido a su difunto socio. Era una vivienda lujosa situada en una gran avenida. Esa noche se había producido un apagón y la calle estaba tan oscura que Javier tenía que caminar a tientas para no tropezar y caer. Para colmo de males, la niebla y la escarcha envolvían aquella noche la negra entrada de su casa. Pues bien, es indudable que la aldaba de la puerta no tenía nada de especial, aparte de ser muy grande. Es indudable también que Javier la había visto incontables veces, tanto de día como de noche; y estaba claro, desde luego, que Javier no tenía ninguna imaginación. Tengamos en cuenta, asimismo, que desde la muerte de M, Javier no había vuelto a pensar en su socio hasta aquella misma tarde. Aclarado todo esto, que alguien me explique, si puede, cómo es que Javier, cuando metió la llave en la cerradura, vio en la aldaba, sin que ésta hubiera sufrido transformación alguna, no una simple aldaba, sino la cara de M. Sí, la cara de M. Y no tenía la oscuridad impenetrable de los demás objetos de alrededor, sino que estaba dotada de una fosforescencia mortecina. No parecía enfadada y miraba a Javier como M solía hacerlo: con sus espectrales lentes colocados sobre su frente fantasmagórica. El pelo se le agitaba de forma peculiar y sus ojos, aunque estaban abiertos, permanecían completamente inmóviles.

Mientras Javier miraba fijamente este fenómeno, volvió a aparecer la aldaba. Decir que Javier no estaba sobresaltado sería falso. Pero giró la llave con fuerza, entró en la casa y encendió una vela. Fue a su dormitorio, se quitó la corbata, zapatos y demás. Se puso el pijama, la bata, las zapatillas y el gorro de dormir.

Durante un minuto que le pareció una eternidad, sonaron los huesos de cada uno de los muebles, las bisagras de todas las puertas. A esto le siguió un sonido estridente de arrastrar de cadenas. Aquello no le tranquilizó pero trató de sobreponerse diciendo a modo de conjuro:

—¡Paparruchas! No creo en espíritus.

Su color cambió cuando de golpe un espectro atravesó la puerta de su habitación. Dio tal respingo que casi se le cae el gorro. Reconoció que se trataba del fantasma de M: su pelo, su ropa, sus zapatos. Arrastraba una cadena hecha de cajas fuertes, llaves, candados y pesados monederos de acero forjado. Su cuerpo era transparente. Siempre se había dicho que M no tenía entrañas: Javier pudo comprobarlo en ese momento.

—¿Qué quieres? —dijo Javier cáustico y frío, como siempre—. ¿Qué quieres de mí?

—Mucho —era la voz de M, sin duda.

—¿Quién eres?

—Pregúntame quién fui.

—¿Quién fuiste, entonces?

—En vida fui tu socio M.

—¿Puedes… sentarte? —preguntó Javier dubitativo.

—Claro. No crees en mí —advirtió el fantasma.

—No.

—¿Por qué dudas de tus sentidos?

—Porque cualquier menudencia les afecta. Una pequeña molestia estomacal los hace embusteros. Tú puedes ser un trozo de carne indigesta, una mancha de mostaza, una migaja de queso, un fragmento de una patata poco hecha. Hay en ti más de sustancial que de insustancial, seas quien seas.

Al oír esto, el espíritu lanzó un chillido aterrador y agitó su cadena provocando un ruido tan espantoso y sobrecogedor que Javier se agarró con fuerza a la silla para no caerse desmayado. Pero mayor fue su espanto cuando se quitó la venda que rodeaba su cabeza y su mandíbula inferior se le desplomó sobre el pecho. Javier cayó de rodillas y se tapó el rostro con las manos.

—¡Piedad! —suplicó—. ¿Por qué me atormentas?

—Llevo la cadena que forjé en vida. Yo mismo la creé, eslabón tras eslabón. Me la ceñí según mi propia voluntad y así la llevo. ¡Escúchame! —gritó el fantasma—. Se me está agotando el tiempo.

—Te escucho pero no seas duro conmigo.

—Esta es una parte difícil de mi penitencia. Estoy aquí para avisarte de que aún tienes una oportunidad y una esperanza de escapar a mi suerte, y yo te las puedo procurar.

—Siempre fuiste un buen amigo —dijo Javier—. ¡Gracias!

—Te visitarán tres espíritus —continuó el fantasma. El semblante de Javier se descompuso.

—¿Son esas la oportunidad y la esperanza que has mencionado?

—Lo son.

—Yo… yo preferiría que no lo fueran.

—Sin sus visitas no podrás evitar el camino que yo piso. El primero vendrá mañana, cuando las campanas den la una.

—¿No podría recibir a los tres de una vez y acabar pronto con todo ello?

—El segundo llegará la próxima noche a la misma hora. El tercero aparecerá la noche siguiente cuando deje de sonar la última campanada que dé las doce. Ya no volverás a verme, y procura recordar, por tu propio bien, nuestra entrevista.

Cuando acabó de decir estas palabras, el espectro cogió su pañuelo de la mesa y se lo ató en la cabeza como lo tenía al principio. Se acercó a la ventana y desapareció a través de ella sin abrirla. Javier se aproximó y lo vio alejarse entre la niebla, acompañado de un séquito monstruoso de almas en pena que gemían y se lamentaban.

Se metió en la cama, tratando de articular un “¡Paparruchas!” que no pudo pronunciar. Ya sea por el cansancio de las fatigas del día, por las emociones que había experimentado o debido a la lúgubre conversación con el fantasma, el caso es que se durmió al instante.

El fantasma de la Concertada Pasada

Cuando Javier se despertó, todo estaba oscuro. Empezaron a sonar las campanadas. ¡Una! ¡Dos! ¡Tres!… ¡Doce!

—¡Pero no es posible que haya dormido todo un día hasta la noche siguiente! ¡Ni que haya habido un eclipse y ahora sean las doce del mediodía!

Salió de la cama y se asomó a la ventana. El fantasma de M le había molestado sobremanera. Cada dos por tres le volvía el recuerdo con una duda inquietante: “¿Había sido un sueño o no?”. Volvió a recostarse en la cama. Así transcurrió el tiempo hasta que dio la campana de la una. Un viento inesperado, pues las ventanas permanecían cerradas, lo desveló. Ante él estaba una niña con cara de persona mayor y una rosa roja en la mano. Javier, tras escrutarla, preguntó:

—¿Es usted el espíritu cuya visita me fue anunciada ayer?

—¡Lo soy!

—¿Quién y qué eres?

—Soy el fantasma de la Concertada Pasada.

—¿Y qué le trae por aquí?

—¡Tu bienestar!

Javier pensó que dejarlo descansar habría sido más apropiado para tal fin. El espíritu leyó sus pensamientos porque dijo:

—¡Y aún te quejas! ¡Ten cuidado! —Extendió su mano y lo agarró del brazo con fuerza a pesar de su extraño aspecto infantil.— ¡Levántate y ven a pasear conmigo!

De nada habría servido que Javier alegara que ni el clima ni la hora resultaban los más apropiados para dar un paseo, que la cama estaba caliente o que tenía un resfriado. Cuando el espíritu se dirigía a la ventana, Javier se colgó de su túnica y suplicó:

— ¡Soy mortal y podría caerme!

— Basta un simple toque de mi mano ahí —dijo posándola sobre su corazón— y estarás a salvo. Solo una cosa: no puedes tocar esta flor.

Tras pronunciar estas palabras, atravesaron la pared y fueron a dar a una carretera en plena campiña, con campos de labor a ambos lados. La ciudad se había desvanecido por completo, hasta el último vestigio. La oscuridad y la bruma habían desaparecido con la ciudad, dando paso a un día primaveral, claro y con flores cubriendo el sendero.

—Te tiemblan los labios —dijo el fantasma.— ¿Qué tienes en la mejilla? — Javier musitó, con un gallo en la voz, que era un grano, y rogó al fantasma que lo llevara donde tuviera que hacerlo.

—¿Recuerdas el camino? —interrogó el espíritu.

— ¡Que si lo recuerdo! —exclamó Javier con fervor.— Podría reconocerlo a ciegas.

—Es raro que te hayas olvidado durante tantos años —señaló el fantasma.— Vámonos.

Echaron a andar por la carretera. Javier iba reconociendo cada puerta, cada poste, cada árbol, hasta que apareció en la lejanía un pequeño pueblo con su puente, su iglesia y un río serpenteante. Ahora veían a un grupo de pequeños y jóvenes montados a caballo o subidos en carretas y carros llevados por granjeros. Todo el mundo estaba contento y el campo se llenó de una música alegre y contagiosa.

—Son solo sombras de lo que fue —dijo el fantasma. —No pueden percibirnos.

Se acercaron a una multitud que se apiñaba en la plaza alrededor de una mesa. Había un hombre con tres cubiletes y una piedra chiquita. La atracción consistía en mover los vasos y despistar al público para que no adivinase dentro de cuál se encontraba la piedra. Después de numerosos intentos fallidos de distintas personas, uno de los asistentes desafió al trilero. Acertó la primera vez. “La suerte del principiante” dijo alguien. Acertó la segunda. “Afortunado en el juego…” malmetió otra voz. El trilero estaba cada vez de peor humor. Acertó la tercera. “Señoras y señores, por hoy se ha terminado la función”. Hubo protestas y recriminaciones.

—Se te daba bien esto desde joven —sentenció el espíritu.

—No me la pegaban —dijo ufano.

—Ya. Siempre has aprendido todos los trucos. —Javier se quedó pensativo: no sabía si era un cumplido o un zasca.

—Ahí están leyendo la buenaventura —dijo Javier, cambiando de tema. — Vamos.

En ese momento, una mujer oronda tenía sus ojos clavados en la mano derecha de un joven:

—¿Qué ve? —dijo él.

—Veo una M grande, marcada —contestó la vidente.

—¿De Muerte?

—No, de MEDAC.

—¿Eso qué quiere decir?

—No sé, me resulta confuso. —Siguió escrutando con los ojos achinados.— Espera; creo que ya lo tengo: MEDAC. Mejor Educación & Deporte Andaluces Concertados.

Al Javier adulto le recorrió la espalda un escalofrío. No se acordaba de aquel episodio.

—Parece que tu destino estaba marcado —apuntó el espíritu—… y el de la Educación.

—Sácame de aquí, te lo pido.

Se agarró de su túnica y se arremolinaron en el aire hasta llegar junto a los cristales de un cuarto donde había una pareja en plena discusión.

—Ya no te importo. Y tienes quien me sustituya —le reprochó ella.

—¿Quién? —replicó él incrédulo.

—El negocio: es lo único que te importa.

—No es cierto.

—Desde que llegas estás mirando el reloj, como si desearas irte, como si no te apeteciera estar aquí conmigo. Es muy triste. ¡Vete!

El Javier adulto se echó a llorar mientras el joven salía de la casa como a quien le hubiesen quitado un peso de encima.

—Llévame a otro sitio, por favor. No quiero ver más.

—De acuerdo, pero antes mira en tus bolsillos.

Javier metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó unas bolas de naftalina.

—¿Y esto?

—Te hará falta. Cogerás mi relevo. Son para que no te apolilles.

En el camino de regreso, pasaron por la Cádiz y la Granada de unos años después, donde crecían y crecían los centros concertados vertiginosamente a partir de 1985: florecían a la par que las rosas rojas. Las órdenes religiosas no cabían en sí de gozo. Este trayecto sí fue placentero para Javier.

En un visto y no visto estaban de vuelta en su dormitorio. Se sentía agotado y vencido por un irresistible sopor. Se dio cuenta de que tenía en la mano la rosa roja cuando el fantasma se empezó a desvanecer. Apenas tuvo tiempo de llegar tambaleante a la cama antes de hundirse en un sueño profundo.

El fantasma de la Concertada Presente

Cuando se despertó en medio de un tremendo ronquido y se sentó en la cama para aclarar las ideas, estaba a punto de dar la una. Supo que había recobrado la conciencia justo a tiempo para mantener una entrevista con el segundo mensajero que le enviaba M. Sintió un frío desagradable cuando empezó a preguntarse cómo y por dónde llegaría esta vez. No quería que le cogiera desprevenido. Un resplandor se filtraba por debajo de la puerta. Era naranja. Cuando estuvo dentro, tomó forma de vitamina.

—¿Quién eres?

—Soy el fantasma de la Concertada Presente —dijo el espectro.

—Espíritu —dijo sumiso Javier—, condúceme donde desees. Anoche me llevaron a la fuerza y aprendí una lección. Esta noche, si tienes algo que enseñarme, lo aprovecharé.

Javier se sentó en la segunda consonante. Salieron de la habitación a través de la pared y volaron hasta una avenida amplia donde había miles de personas reunidas con pancartas, tambores y banderas de muchos tipos. Había docentes, familiares, estudiantes, personal de administración y servicios, municipales, de contratas… Protestaban por el Decreto de escolarización de implantación inminente. Gritaban consignas (¡Javier, escucha: la pública está en lucha!¡Docente, luchando, también está enseñando!) y cantaban sus protestas sin descanso:

En la plaza de mi pueblo
dijeron al Delegado:
Mis hijos no estudiarán
en un centro concertado (bis).

Ese cole que no es público,
ese cole que es privado
es un negocio de curas
y entre todos lo pagamos (bis).

Anda, jaleo, jaleo (bis):
Me matriculo en la pública;
en los conciertos no creo (bis).

En la plaza de mi pueblo
dijeron al Consejero:
Mis hijos no estudiarán
en un colegio del clero (bis).

Usted que siempre repite
que hace todo por consenso;
por consenso le decimos
que acabe con los conciertos (bis).

Anda, jaleo, jaleo (bis):
Me matriculo en la pública;
en los conciertos no creo (bis).

Javier se empezó a sentir cada vez peor. No podía seguir viendo ni escuchando aquello.

— Me pitan los oídos. Vayamos a otro sitio, te lo ruego.

El fantasma accedió. De golpe aparecieron en un despacho donde las caras eran largas. Una persona le recriminaba al Javier de chaqueta y corbata que algunas de sus intervenciones provocaban la indignación de la opinión pública y eso era contraproducente. No obstante, otro de los allí presentes, antes de despedirse, le puso una mano en el hombro y le dijo:

— ¡Campeón, lo estás haciendo muy bien!

El Javier de pijama y babuchas observó que su otro yo llevaba una etiqueta en el cuello.

-¿Qué pone? — preguntó.

-Léalo usted mismo — le invitó el espíritu.

-Seguro que dice “selfmade” — dijo mientras la cogía.

-Me temo que no.

No se admite devolución —leyó decepcionado.

-Exacto. Una pena cuando el producto viene defectuoso.

—¿Y ellos la han visto? — se inquietó.

—¿Usted qué cree?

—Muéstrame más, a ver si se me quita el mal sabor de boca.

Desaparecieron del despacho y dieron a parar en una caravana de coches. Se leían mensajes contra la LOMLOE, ley de Educación en ciernes. Se quejaban de no poder discriminar y segregar.

— ¿Pero de verdad la ley va a poner en peligro la concertada? — preguntó Javier.

— No. Esto es solo una puesta en escena, una demostración de fuerza. No te preocupes, en el Gobierno Central no se atreven.

—¡Menos mal! —respiró aliviado.

— Si la ley, cuando finalmente se apruebe, defendiese de verdad la educación pública, siempre te quedaría la nueva Orden de conciertos para dinamitarla.

—Sí, esa baza la tenemos, aunque me temo que me van a hacer manifestaciones y campañas en contra por este tema. ¡Qué ingrata es la gente!

—No lo sabes bien. Ahora a los pequeños de familias humildes en vez de asustarlos con que viene el coco, les dicen que vienes tú y se echan a temblar.

— ¿Por qué?

—Porque se están quedando sin plazas en la escuela pública.

—Jamás pensé que pudiese causar pesadillas —dijo apesadumbrado—. Marchémonos, que estoy muy cansado.

La campana dio las doce. Javier miró a su alrededor y ya no vio al fantasma. Al cesar la vibración de la última campanada, recordó la predicción del viejo M y, elevando la mirada, vio cómo se acercaba hacia él un fantasma envuelto en ropas oscuras y encapuchado, deslizándose como la niebla sobre el suelo.

El fantasma de la Concertada Futura

El fantasma se aproximó despacio, solemne y silenciosamente. Cuando estuvo cerca, Javier cayó de rodillas porque hasta el mismo aire en que el espíritu se movía parecía emanar desolación y misterio. Su ropaje, de profunda negrura, solo dejaba a la vista una mano extendida. Su figura llenó de pavor a Javier.

—¿Me hallo en presencia del fantasma de la Concertada Futura? —dijo.

El espíritu no respondió, pero señaló hacia delante con la mano.

—¿Has venido para mostrarme las imágenes de cosas que no han sucedido pero ocurrirán más adelante? ¿Es así, espíritu? —prosiguió Javier.

Los pliegues de la parte superior del ropaje se contrajeron por un instante, como si el espíritu hubiera inclinado la cabeza. Esa fue la única respuesta. Ante un gesto suyo, Javier se agarró a la túnica. Automáticamente estaban en un descampado. Allí, mirando una obra, se encontraban varios ancianos.

—Veo que este sigue siendo uno de los deportes favoritos —soltó Javier.

—Últimamente solo construyen cosas de estas —dijo uno de los viejos.

—¡Qué pena! —dijo otro.

—A ver qué pone la placa —husmeó Javier—. Colegio concertado.

—Están desahuciando a familias para tirar los edificios y en los solares construir estas fábricas de billetes para la Iglesia Sociedad Limitada —sentenció el último.

Satisfecho con lo que había visto, Javier sintió curiosidad:

—Espíritu, ahí hay un kiosco de prensa. Vamos: quiero saber en qué año estamos. A ver el ABC… No lo encuentro. Bueno, este mismo —Javier se quedó de piedra. Venía su foto en la portada: Fallece el sepulturero de la escuela pública. —No puede ser. ¿Cuando muera no me van a recordar por haber sido entrenador de la selección de baloncesto? ¡Ya tuvo que ser gordo lo que hice con la educación! Nunca pensé que fuese a echar de menos que me gritasen: ¡Javier, inepto: vuelve al baloncesto!

En ese momento un grupo de personas vestidas de verde pasaban cantando por la calle de al lado:

¡25 de diciembre, RIP, RIP, RIP!
¡25 de diciembre, RIP, RIP, RIP!
La escuela pública ha muerto
y es por culpa de Javier,
que fue su sepulturero,
odiado en el mundo entero.
¡Que le den!

— ¡Cómo desafinan! Llévame de aquí, te lo suplico.

De repente se encontraron junto a una larguísima cola del paro. Desde 2030 estaba repleta de docentes. La caída brutal de la natalidad y la apisonadora de la concertada habían provocado la pérdida de miles de puestos de trabajo en los centros públicos. Aquello le arrancó una sonrisa de satisfacción a Javier.

Salieron de allí para llegar a una tenebrosa zona de la ciudad, donde nunca antes había penetrado Javier, aunque reconoció la localización y su mala reputación. Los caminos eran tortuosos y angostos, las tiendas y las casas miserables, la gente medio desnuda, borracha, desaseada, repugnante. Callejones y arcadas, como otros tantos pozos negros, vertían sus ofensivos olores, suciedad y vida sobre las calles desparramadas, y el barrio entero apestaba a crimen, a inmundicia y a miseria.

—Parece que aquí no llegó la concertada ni el Programa de Refuerzo Estival —dijo insensible—. No se hizo la miel para la boca del asno.

Flacos, mugrientos, lobunos, correteaban los chiquillos. Marchitos y secos, con un porvenir hecho trizas.

—Se ve que aún faltan cárceles y reformatorios —apostilló—. Este espectáculo me deprime. Salgamos de este escorial, por favor.

En cuestión de segundos estaban de nuevo en la habitación de su casa. Javier vio una alteración en la capucha, y la túnica del fantasma se encogió, desmoronó y convirtió en polvo.

Epílogo

Risueño por haber superado las pruebas y haber aprendido con los tres espectros, Javier se dispuso a firmar la nueva Orden de Conciertos para que todos los fantasmas de la Concertada se hicieran realidad.