¿Qué se esconde en el cerebro de un miserable?

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¿Qué hace que un padre cometa semejante salvajada con sus propias hijas?

Se agolpan las preguntas sin respuestas. Nuevas palabras, que nos eran desconocidas hasta no hace mucho, comparten espacio con otras que oímos con demasiada frecuencia: violencia vicaria, violencia de género.

Se derraman las cifras, se cuestionan las lágrimas, se duda de las evidencias.

No puede ser una más. Una muerte más. Un dolor más.

¿Qué tiene que ocurrir para que se escuche la voz de las mujeres? ¿Cuánto dolor, qué número de asesinadas es aceptable para cambiar leyes? ¿Y de hijas, y de hijos? ¿Y para cambiar conciencias?

Hemos llegado a un nivel de civilización y sofisticación tecnológica increíble. Pero no hemos sabido asimilar todos estos avances, y en lugar de ofrecer una educación humana, generosa, responsable, se ha dado una relevancia excesiva a dispositivos, plataformas, informes extensos y vacíos, burocracia inútil. Esta es la escuela del siglo XXI: se han desviado recursos públicos a donde no corresponde, abandonando a quienes más los necesitan, asfixiando a docentes, personal de apoyo, administración, limpieza…, despistando con pines parentales, intoxicando a la sociedad con ideas rancias, engañando, mintiendo, ocultando…

La semilla de la ignorancia y la violencia está sembrada. Como las malas hierbas, siempre ha estado ahí, pero ahora regada y abonada por venenos infinitos que se han incrustado invisibles, llevando a mentes malvadas y retorcidas a actuar contra el más elemental sentimiento de amor.

Pequeñas niñas indefensas. Que apenas empezaban la vida y han sido arrebatadas de ella por el que debía amarlas y protegerlas. Un monstruo nacido y criado en el terrible patriarcado que busca aplastar a las mujeres, y arrasa con todo: porque en esta guerra sucia mueren inocentes, pero también pierde el conjunto de la sociedad.