Juventud y futuro

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Y es que ambos conceptos están íntimamente ligados de suerte que de no existir la primera difícil lo tiene el segundo. Una sociedad que no es capaz de ofrecer cauces para que su juventud se haga adulta está condenada a la extinción como sociedad. Nuestra cultura se ha ido conformando a fuerza de añadidos generacionales. Cada nueva generación recibió de la precedente el patrimonio que ella recibió de la anterior, aumentado con sus logros y aportaciones, engrandecido por la acumulación de nuevos saberes y experiencias de vida.

La juventud actual recibe ese patrimonio, aunque ciertamente cada vez más complejo, contradictorio y denso, pero al mismo tiempo no encuentra los caminos para llegar a la adultez. Este problema, que lo es y grande, se vive muy en silencio, muy confidencialmente por muchas madres y padres, abuelas y abuelos, en el seno de casi todas las familias del país. Y a pesar del silencio y la confidencialidad es “vox populi” que existe una honda preocupación por el futuro (ya el presente) de las nuevas generaciones.

Las noticias que se reciben lejos de tranquilizar enfatizan la gravedad del asunto. Y aunque en cada hogar se siente en carnes propias la desesperanza conviene mirar por la ventana, para ver algo más allá. Un informe de la OCDE (Organización para la Cooperación, el Desarrollo Económico), aporta datos recientemente en un estudio que realiza comparaciones entre la situación de la juventud entre 2008 y 2013. En España algo más del 50% de la juventud en edad de trabajar está en desempleo. Pero es que el 22% de los que trabajan lo hacen en condiciones tan, tan precarias que sus trabajos se denominan “minijobs”, mini trabajos. Precarios hasta por horas, con salarios mensuales que raspan los 400 euros por jornadas completas. El 28% restante, es decir no llegan a 3 de cada 10 jóvenes españoles, tardan una media de 6 años en conseguir tener un empleo estable. Y las gentes que trabajan en sectores hasta no hace mucho muy estables, transportes, banca y seguros, siderometalúrgico… conocen que esa “estabilidad” se ha esfumado con las amenazas constantes de EREs (Expedientes de regulación de empleo). El salario medio de esta, algo más de cuarta, parte de juventud trabajadora se ha visto reducido desde 1200 euros en 2008 hasta los 890 de 2013.

Y siguen sin dar con la tecla quienes enarbolan la bandera de una mayor formación para salir de este trágico atolladero, por ejemplo la OCDE o determinados sindicatos y patronales. Los niveles formativos de la gente joven de este país son los más altos de su historia y el tipo de escasísimo trabajo, que se ofrece, exige una cualificación mínima. Mucha juventud con carreras universitarias sirve copas, se emplea en comercios, sector limpiezas, construcción, algo en la agricultura y en escaso número obtiene contratos de baja cualificación en casi todo el entramado empresarial. Quienes traducen la solución a más formación no han comprendido que el sistema productivo ha experimentado una profunda transformación introduciendo máquinas hasta en servicios impensables para la ciudadanía no ha mucho. Los dos efectos es la simplificación de tareas, congruente con el canto a la “especialización”, valorada como algo deseable, pero que permite el relevo de la mano de obra con mayor facilidad e incluso sustituirla por máquinas. Y lo más preocupante, es que aquellas personas que pensaban que humanos construiría las máquinas se percatan que cada vez en mayor medida las máquinas son construidas por otras máquinas.

Rafael Fenoy Rico