1º de mayo

52

Ya está aquí la cita anual donde las gentes trabajadoras evocan el pasado, analizan el presente e invocan al futuro esperanzador. No por repetir las liturgias obreras parece que la realidad quede transformada, pero es innegable que una parte de la posibilidad transformadora pasa por no olvidar, para aprender de lo ya vivido y avanzar en la dirección correcta para mejorar el presente. La evolución de las condiciones de vida de las personas trabajadoras en España, a lo largo de estos años de transición política desde la dictadura, podría calificase de escasamente positiva, casi nula o incluso negativa, con lo que en propiedad se podría calificar no tanto de evolución sino de involución. Sin embargo hay quienes entienden que algo ha mejorado, en relación con lo que vivieron en la etapa dictatorial, incluso en su fase final, menos dramática. Y evidentemente hoy es posible manifestar y manifestarse sin mayores cortapisas, o votar a alguno de los políticos profesionales que desean perpetuarse, y en este sentido la mejora ¿es apreciable? La situación económica se ha ido degradando y con ello han empeorado las condiciones laborales y sociales de la población en general. Esto no se ha traducido ni en una mayor movilización social y sindical, ni en un fortalecimiento de la organización del pueblo para garantizar derechos que mejoren esas condiciones de vida.

Las causas de esta resultante son sin duda múltiples. Una de ellas, aunque esencial, es la necesaria coherencia entre medios y fines de toda acción transformadora que persiga la superación de dos contradicciones: explotador-explotado y al mismo tiempo entre dirigente-dirigidos. Analizado el recorrido de los últimos 35 años es posible constatar que lejos de superarse ambas contradicciones, estas se han hecho mayores. Más precariedad, más desempleo, peores condiciones laborales, reducción de poder adquisitivo, incertidumbre del futuro laboral de las nuevas generaciones, mayor dependencia, menor participación, mayor concentración del poder político y sindical en cúpulas que secuestran la voluntad de la ciudadanía.

Desde los inicios de la historia una parte de la tradición obrera ha predicado sobre un mundo nuevo, mejor, más humano, pero situado en el futuro. Todo para mañana. Esto siempre ha sacrificado en el presente los anhelos de transformación positiva. Sólo líderes con visión de ese futuro, nuevos sacerdotes celebrantes de los ritos “transformadores”, las revoluciones e involuciones, serían los responsables de guiar al pueblo hacia la emancipación. Para ello ese pueblo debía rendir su libertad, su soberanía para que de esa forma las grandes personalidades, los liderazgos, construyeran con su férrea voluntad el presente. Desde otra perspectiva, instalada también en la tradición obrera, se ha promovido vivir desde ya ese nuevo mundo en el presente, haciendo del discurso y recurso a la libertad su mejor propuesta. Nunca poner límites a la participación directa, a la libre asociación de las personas y a la expresión de las ideas, ha permitido superar las dos contradicciones. Esto es imprescindible en una nueva realidad social más humana, porque es posible y necesario compaginar la superación de la doble contradicción: dirigente-dirigido y explotador explotado, viviendo en el presente los valores de esa sociedad futura: la solidaridad, el apoyo mutuo, la autogestión.

Fdo. Rafael Fenoy Rico